¡Corred, corred, malditos!

Kilómetro 40 de la maratón de Boston, una de las más antiguas y selectas del mundo. A estas alturas de la película, los corredores que pasaban llevaban unas cuatro horas corriendo (los más rápidos desfilaron como el rayo una hora antes).

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No me imagino lo que debe sentirse cuando uno lleva cuatro horas y cuarenta kilómetros corriendo sin parar a su espalda, sabiendo que sólo le quedan dos para poder parar, sentirse muy realizado, comerse un cochinillo entero y echarse una siesta de seis horas. Pero el ambiente era electrizante. Desde las nueve de la mañana, horas antes que los primeros corredores empezaran ni siquiera a olerse, la gente estaba instalada a ambos lados del recorrido, con cestas de picnic, barbacoas portátiles (aunque esto me parece ya recochineo), sillas, y muchas ganas de animar.

Eso es lo más bonito. Con pancartas, gritos o, simplemente, extendiendo la mano para chocar los cinco con los corredores, los espectadores, sea por admiración, por empatía o por lástima, vuelcan cariño y aliento en completos desconocidos. Muchos corredores llevan sus nombres escritos en las camisetas, o en los brazos, para que pueda personalizarse el estímulo. Funciona. “¡Tú puedes, Marybeth!”, “¡Vamos, Jimmy, que estás que lo petas!” provocan sonrisas y miradas de agradecimiento. Es maravillosamente conmovedor.

Y terriblemente contagioso. Hace que esta señora de Boston piense que correr una maratón podría valer mucho la pena. Aunque sólo sea por sentirse arropado por el universo, por un instante, cuando un desconocido grita tu nombre en medio de la multitud, y te dice que lo estás haciendo muy bien, cielo, y que ya no te queda nada.

Primavera en vena

El año pasado nevó el primero de abril. Y hoy es catorce de abril, y los tulipanes del Boston Common son un estallido de hermosura.

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Esta mañana, el día era tan radiante que no he sentido más remedio que sentarme a trabajar en el porche, bajo la caricia dulce del sol y la brisa. De repente, levanto la vista y un, dos, tres halcones sobrevuelan el jardín mayestáticamente.

Tengo fecha de regreso. El 10 de junio, Boston, Masachussets dejará de ser mi casa. Ilusión y melancolía a partes iguales.

Y nostalgia, que me rebosa a borbotones por las costurase cuando pienso que las palabras: “porche”, “jardín”, y “halcones” dejarán de formar parte del campo semántico del hogar.

Cosas que molan

Hay cosas de vivir en Boston que molan mucho.

Como poder ir a pasar el fin de semana en Nueva York. Así, porque sí. Me cojo el autobús y me planto en cuatro horitas. Creíamos que lo de ser espontáneo e irse a Nueva York en un pronto era una mentira que nos habían vendido las películas de Hollywood, pero resulta que era una cuestión de tecnicismo geográfico.

Me encanta Nueva York. Tengo la sensación que podría recorrer la ciudad eternamente y jamás dejar de descubrir rincones, espacios, personas, momentos, que te roban el corazón y te dejan patidifusa.

Pero también me apabulla Nueva York. Es una ciudad hecha a la medida del objeto, no de la persona. La sensación de claustrofobia que da el pasear por una calle enorme, flanqueada por edificios aún más enormes que no dejan pasar el sol no es grata en absoluto.

Por eso me encanta no vivir en Nueva York. Para poder ir, ver, maravillarse, y marcharse.

Para después volver, evidentemente.

En las últimas semanas, he tenido la oportunidad de pasar no uno, sino dos fines de semana en la Gran Manzana (los #ranciofacts son una plaga del siglo XXI, y Una Señora de Boston no va a ser menos). En una de estas visitas, me encontré por primera vez en el Opera House, para ver El Barbero de Sevilla.

¿Cómo voy a contarlo? Parafraseando a Tchaikovsky, Cuando mueren las palabras, empieza la música. En el caso de Una Señora de Boston: Cuando me da pereza describir, os pongo la foto.

El viaje estuvo lleno de otros momentos memorables, como una visita al MoMA, donde, para demostrar la rematada postmodernidad de este blog, tomé esta foto para enseñárosla:

Y el momento más bizarro: Una pareja corta la Séptima Avenida para sacarse las fotos de la boda (con vistas a Times Square):

Es lo que tiene Nueva York.

Vigilando a Rocinante desde la barra del café

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Título alternativo: “¡Socorro, tiene un iPhone con Instagram y no tiene miedo de usarlo!”

Lo malo de ir en bicicleta cuando llueve es que se te mojan las bragas

Y no de la emoción, precisamente.

Ocurre que las ruedas de mi bicicleta no tienen guardabarros, luego el agua sobre el asfalto mojado y los charcos que no siempre puedo sortear se levanta en una suerte de espiral demoníaca que, gracias al milagro de la fuerza centrífuga, salta de la rueda trasera directamente a la cinturilla del pantalón.

Así, una llega a su destino con una mancha de humedad nada desdeñable en lo que viene a ser la zona del pandero, mancha de humedad que penetra hasta las bragas, sin importar que una lleve leotardos o pantalones de titanio por encima.

Vamos, como si una se hubiera echo pis.

¿Lo positivo? Ese momento de dicha absoluta cuando una llega a casa y se pone unos pantalones del pijama secos y calentitos. Les recomiendo que salgan a la calle un día de lluvia a mojarse las bragas sólo por experimentar ese bocado de felicidad.

Nevada de traspaso

Si tenemos en cuenta que el 29 de febrero es, en el fondo, una fecha imaginaria, podemos concluir que, en realidad, no está nevando.

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Y cada vez, es como la primera

El tema de conversación de las últimas semanas de los habitantes de Boston ha sido lo suave que está resultando este invierno en comparación con el del año pasado. ¿Se acuerdan? ¿Cuarenta centímetros de nieve? ¿Escuelas cerradas? Ése invierno.

Claro que hablamos de ello en voz baja, no vaya a ser que el presente invierno nos oiga, se ofenda y decida demostrarnos que, realmente, cuarenta centímetros de nieve no eran para tanto.

Pero esta semana han caído un par de nevadas que, sin ser especialmente alarmantes, han vuelto a cubrirlo todo de blanco.

Es hermoso.