Kilómetro 40 de la maratón de Boston, una de las más antiguas y selectas del mundo. A estas alturas de la película, los corredores que pasaban llevaban unas cuatro horas corriendo (los más rápidos desfilaron como el rayo una hora antes).
No me imagino lo que debe sentirse cuando uno lleva cuatro horas y cuarenta kilómetros corriendo sin parar a su espalda, sabiendo que sólo le quedan dos para poder parar, sentirse muy realizado, comerse un cochinillo entero y echarse una siesta de seis horas. Pero el ambiente era electrizante. Desde las nueve de la mañana, horas antes que los primeros corredores empezaran ni siquiera a olerse, la gente estaba instalada a ambos lados del recorrido, con cestas de picnic, barbacoas portátiles (aunque esto me parece ya recochineo), sillas, y muchas ganas de animar.
Eso es lo más bonito. Con pancartas, gritos o, simplemente, extendiendo la mano para chocar los cinco con los corredores, los espectadores, sea por admiración, por empatía o por lástima, vuelcan cariño y aliento en completos desconocidos. Muchos corredores llevan sus nombres escritos en las camisetas, o en los brazos, para que pueda personalizarse el estímulo. Funciona. “¡Tú puedes, Marybeth!”, “¡Vamos, Jimmy, que estás que lo petas!” provocan sonrisas y miradas de agradecimiento. Es maravillosamente conmovedor.
Y terriblemente contagioso. Hace que esta señora de Boston piense que correr una maratón podría valer mucho la pena. Aunque sólo sea por sentirse arropado por el universo, por un instante, cuando un desconocido grita tu nombre en medio de la multitud, y te dice que lo estás haciendo muy bien, cielo, y que ya no te queda nada.








